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Gente 09.10.2009Imprimir

Viajar

Las puertas del Sahara a dos horas de casa

Nuevos vuelos directos de Tunisair desde Madrid a Tozeur capital del desierto y los amplios programas de Iberojet hacen más atractivo este insólito destino en el sur de Túnez

En medio de los enormes arenales que esbozan el comienzo del gran desierto del Sahara surgen vastas plantaciones de palmeras cuajadas de dátiles; tablas de surf vuelan sobre el espejo que forma un gran lago... sin agua; millones de estrellas iluminan un pueblo desierto que celebra una cena beduina entre miles de velas; antiguas fortalezas y viviendas trogloditas perdidas en la arena sirven de escenario para historias futuristas...

Ningún espejismo es capaz de generar tantas efímeras bellezas como la pura realidad que puede contemplarse en la zona más profunda de Túnez, allá donde las inmensas arenas siluetean el mayor desierto del mundo, que con sus nueve millones de kilómetros cuadrados es compartido por once países africanos. Decía Saint-Exupéry por boca de su Principito, que lo que embellece al desierto es que esconde un pozo en cualquier parte, pero contemplando la mágica belleza de las dunas infinitas o es fácil pensar en el agua, por muy profunda que se encuentre.

La capital de este espectacular paisaje es Tozeur, un lugar presidido por la arena y el agua, donde el horizonte desaparece para dejar espacio a tres desiertos entremezclados, el de arena, el erg, donde el viento esculpe incansablemente dunas móviles, el de los chott, serir, de cristales brillantes que devuelven sorprendentes espejismos y el de roca, el hamada, inmensidad pedregosa donde se pierde la mirada. Un mundo por descubrir, para dejarse conquistar o para fundirse con él, en un viaje fuera del tiempo, lleno de sensaciones, donde se mezclan cultura, tradiciones y la hospitalidad se practica como el valor más enraizado y verdadero.

Su palmeral único, regado por más de doscientos manantiales que suministran casi 60 millones de litros por día, y donde se cultivan los mejores dátiles del mundo y su insólita arquitectura de ladrillos compactos de originales dibujos geométricos de origen misterioso, le dan un encanto particular. En noviembre el palmeral acoge el Festival del Oasis, una reproducción de los festejos que tradicionalmente organizaban los pueblos nómadas y que llena de color la ciudad: bailes marobout, trajes a la antigua usanza, tragos de lagmi y el rito de la recolección del fruto del árbol sagrado: el dátil de la palmera Jarid.

Recorriendo Tozeur

Tozeur posee una completa infraestructura para el turismo, hay numerosos hoteles, algunos espectaculares en tamaño y equipamiento, buenos y variados restaurantes, interesantes museos e infinitas posibilidades de compras y para la práctica inevitable del regateo. La ciudad queda definida por el aspecto homogéneo de todos los edificios, de un ladrillo ocre que se fabrica en esta región, y las más de 200.000 palmeras que la convierten, de hecho, en un perfecto oasis.

El mérito de este milagro se debe en buena medida al matemático Ibn Chabbat, que ideó en el siglo XII el sistema de irrigación por acequias que aún hoy es la vida de estas gentes. En otoño los recolectores se afanan haciendo piruetas en las palmeras para recolectar los preciados dátiles, sobre todo la variedad deglat ennour, dátiles translúcidos, dulces y jugosos, considerada la más sabrosa del mundo. Los dátiles siguen constituyendo hoy una parte importante de la alimentación de los tunecinos y tiene un alto valor simbólico para todos los musulmanes: tres dátiles y un sorbo de agua marca el final del ayuno de Ramadán.

El palmeral de Tozeur cuenta con un curioso zoo y un jardín botánico que parece extraído de un cuento de Las mil y una noches: El Jardín del Paraíso, donde se comprueba cómo le planta cara la vegetación del oasis al desierto, cómo a los pies de las palmeras crecen granadas, higueras, parras y varios tipos de legumbres.

La zona más animada de la ciudad es la avenida Habib Bourguiba, donde se encuentra la mezquita el-Ferdous, a la que no se permite la entrada a los no musulmanes, y el mercado central, un buen lugar para comprar a precios locales dulces, piezas de artesanía o el tradicional turbante, que vendrá bien antes de adentrarse en el achicharrante desierto. Hay que pedir al vendedor que muestre cómo enrollárselo en la cabeza, aunque, como el rebozo mexicano o el tropical pareo, hay mil formas de hacerlo. Alguno tal vez se anime a ponerse la mucho más tradicional y elegante shashia, el típico gorro de lana rojo que se utiliza en Túnez desde el siglo XIII.

El barrio de Ouled el Hadef, que data del siglo XIV, merece un paseo tranquilo, sus calles pasan bajo espesas bóvedas y desembocan en animadas plazoletas, las fachadas de las casas, de las zauía y de las mezquitas están adornadas con ladrillos que forman dibujos geométricos, versos coránicos y motivos florales. Siguiendo por al avenida Abdulkhacem Chebbi, se llega al complejo Dar Cheraït. En él se ubica un lujoso hotel, una galería de arte y un museo etnográfico, construido siguiendo el modelo del palacio de un ciudadano notable, con escenas cotidianas en la vida tunecina, como los preparativos de una boda o el interior de un hammam.

por Enrique Sancho

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