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Internacional 21.03.2011Imprimir

Turismo

Cinco secretos en tierras de cátaros

La zona central del sur de Francia, el Midi-Pyrenees, es rica en historia y leyendas, en arte y paisajes, en actividades deportivas y en el gusto por la buena vida

Es tierra de herejías y vinos, de descubrimientos y tradiciones. Una tierra para perderse, para explorar, para descubrir con calma sus secretos. Estos son algunos:

Cordes-sur Ciel la bastida más bella de Francia

En la Edad Media, hace 900 años, surgieron estas construcciones que básicamente, son pueblos amurallados que tenían un claro fin defensivo. En ocasiones surgían de los restos de antiguos pueblos, pero otras se enclavaban en medio de la nada en función de las necesidades del señor feudal. Por su organización marcan una especie de edad dorada arquitectónica, con todas las calles cruzándose en ángulo recto en torno a una plaza central, la plaza del mercado.

Tal vez el pueblo-bastida más bello y más visitado de Francia sea Cordes-sur-Ciel, a 25 kilómetros de Albi, la capital de Tarn. Fue fundado en 1222 por el conde de Toulouse, Raimond VII, que deseaba erigir un bastión contra los avances de las tropas enviadas desde el norte de Francia para acabar con los cátaros. Se agrupa en torno a su promontorio rocoso semejando una madeja de piedra. En su época de mayor prosperidad llegó a tener 6.000 habitantes que trabajaban el cuero, tejían las telas y sedas y fabricaban cuerdas. Los más ricos construyeron sus casas burguesas de estilo gótico que todavía hoy son uno de los tesoros arquitectónicos más preciados: Maison du Grand Ecuyer, Maison du Grand Veneur, Maison du Grand Fauconnier y otros palacios protegidos por la infranqueable red de fortalezas que rodeaba la ciudad. En las fachadas de gres ocre del pueblo, repletas de blasones, cobran vida dragones, animales y personajes extranjeros, todo un lenguaje cuyo misterioso significado hace que reine un clima de leyenda.

Hoy Cordes-sur-Ciel es lugar de residencia y encuentro de los artistas y artesanos que dan fama y vida a la ciudad. Pintura, escultura, cerámica, pieles... se muestran en sus talleres y tiendas, repletos de conocimientos y auténticos talentos. Así, no es de extrañar que, pese a sus reducidas dimensiones, cuente con cinco museos dedicados a diversos artistas y técnicas artísticas y a cosas tan variopintas como el azúcar.

El desaparecido castillo de Castres

Poco queda, en efecto, del antiguo castillo de Castres que jugó un papel fundamental dentro del movimiento cátaro. Castres no conserva su castillo ni sus murallas, al ser derruidas totalmente por obra y gracia del eterno enemigo de los cátaros, Simón de Montfort. En el edificio del Palacio Episcopal del siglo XIV, actual sede del Ayuntamiento, tan solo se conserva, en su patio interior una torre románica, de la antigua abadía benedictina.

Pero no está de más una visita a Castres, ya no solo por su preponderante papel en la lucha anti cátara, sino por sus muchos encantos. A orillas del río Agout que la atraviesa, pueden disfrutarse antiguas casas colgadas sobre su curso, también sus bellas calles medievales de la vieja ciudad cátara, donde tenían sus talleres los tejedores, tintoreros y curtidores. Son admirables igualmente los jardines del mencionado Palacio Episcopal de Castres, llamados “Jardins de Le Nôtre” por estar diseñados por André Le Nôtre, el mismo que configuró los famosísimos jardines del Palacio de Versalles.

También aquí se encuentra, y resulta una sorpresa, el Museo de Arte Hispánico (Museo Goya), que fue engrandecido en 1894 cuando Marcel Briguiboul, artista y coleccionista francés admirador de los grandes maestros españoles, donó a la ciudad las numerosas obras de calidad que había reunido, entre ellas tres de Goya. El museo cuenta también con obras de Velázquez, Murillo, Ribera, Zurbarán, Sorolla y Picasso, entre otros.

En las cercanías, junto al pueblo La Rozier y cerca de Millau, están las Gargantas del Tarn, verdadero arte natural que el río Tarn ha ido labrando en la roca, y que puede visitarse por una serpenteante carretera junto al precipicio o por el mismo río en una embarcación, situado todo este hermoso paraje en el Parque Nacional de Alto Langedoc, en cuyo entorno se encuentra el Mirador Point Sublime con unas vistas que sobrecogen.

Albi la roja y herética, Patrimonio de la Humanidad

por Enrique Sancho

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