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Internacional 03.07.2012Imprimir

Opinión

La catástrofe climática: ¿aún le importa a alguien?

Por Dr. Joaquim Miebach (fundador y presidente del Grupo Miebach Consulting)

La catástrofe climática: ¿aún le importa a alguien?

El pasado mes de diciembre concluyó la cumbre mundial sobre el clima de Durban sin resultados dignos de mención: EE.UU. y China (los dos principales emisores de CO2, responsables conjuntamente del 40% de las emisiones globales, ver Fig. 1), únicamente se declararon dispuestos a no bloquear otras conferencias. Sin embargo, la relación entre la emisión de CO2 y el cambio climático es evidente.

La situación es realmente apremiante: A modo de ejemplo, Alemania produjo en 2008 unos 900 millones de toneladas de CO2, aproximadamente lo mismo que toda Latinoamérica junta. En el mismo año, el incremento de las emisiones de CO2 de China alcanzó unos 500 millones de toneladas, lo que significa que aunque Alemania o Latinoamérica redujesen sus emisiones en un 50% (lo cual no es nada realista), las emisiones adicionales de China sobrepasarían dicho ahorro, socavando cualquier progreso que se consiga en este sentido. Está previsto que en el año 2030 las emisiones de CO2 alcancen los 40.266 millones de toneladas (un 30% más que en el año 2008).

Ante este panorama, ¿por qué se muestran EE.UU., China, India y tantos otros países tan reticentes a la hora de generar electricidad a partir de energías renovables? La incómoda verdad es que las energías renovables cuestan más del doble que las energías convencionales.

En Alemania, por ejemplo, actualmente sólo un 20% del consumo eléctrico se obtiene a partir de energías renovables, pese a lo cual esto supone un coste adicional de 200 € por hogar al año. Una solución podría ser aplicar medidas de ahorro energético (por ejemplo, aislar los edificios), pero esto también supondría invertir enormes cantidades de dinero. En este sentido, los países emergentes temen no poder seguir siendo competitivos u obstaculizar su crecimiento si invierten en energías renovables.

Hace algunos años, la energía nuclear y la energía hidráulica (14% y 17% de la producción eléctrica mundial respectivamente, según datos del 2011) parecían ser una salida a este dilema. Pero desde el accidente de Fukushima, la energía nuclear está en tela de juicio (Alemania, por ejemplo, desconectará dentro de poco todas sus centrales nucleares), y además los costes de seguridad de dichas centrales y del almacenamiento de los residuos nucleares han crecido considerablemente.

En cuanto a la energía hidráulica, ya no es tan “limpia” como se pensaba, porque los “buenos” emplazamientos para este tipo de energía ya se han acabado. El proyecto de la presa de las Tres Gargantas de China, por ejemplo, genera más destrucción medioambiental que las centrales de carbón comparables; la presa en construcción de Belo Monte, en el río Xingú (Amazonas), que será de una envergadura similar, producirá asimismo daños de proporciones gigantescas al medio ambiente, en caso de que se llegue a terminar el proyecto.

Ante esta situación, no es de extrañar que el tema del calentamiento global se aborde con resignación. Cada vez hay más gente que cree que el cambio climático no existe, que las predicciones del clima son falsas o que hasta el momento las fluctuaciones se ha mantenido dentro de los parámetros normales. Además ¿no sería más barato luchar contra los efectos del cambio climático (si se llegara a producir) que contra el propio cambio climático?

En los programas de los grandes partidos políticos de todo el mundo, el problema del calentamiento global ha pasado a ser un punto de importancia secundaria, y el enfoque de “tenemos que actuar ahora mismo si queremos salvar el mundo” ha perdido tirón. La crisis financiera y las deudas de los países arrasan con lo que queda de los presupuestos para inversiones.

por Dr. Joaquim Miebach

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