Literatura 17.09.2012Imprimir

Poesía

Reseña de Juan Carlos Abril sobre el poemario 'Libro de precisiones'

'Libro de precisiones', primer poemario de Miguel Ángel Contreras (Guadix, Granada, 1968) nos ha sorprendido por su lenguaje directo pero a la vez simbólico, de sensibilidad cercana

Libro de precisiones, primer poemario de Miguel Ángel Contreras (Guadix, Granada, 1968) nos ha sorprendido por su lenguaje directo pero a la vez simbólico, de sensibilidad cercana. La combinación de ambos recursos es muy efectiva, una suerte de bisturí que disecciona parte a parte emociones y sentimientos, esas contradicciones y confusiones del sujeto cotidiano –con el que nos identificamos– que transita estas páginas. Porque, y habría que partir de ahí, ese sujeto puebla estas páginas para hablarnos de nosotros mismos, de nuestros propios abismos e ilusiones, esperanzas y desesperanzas.
Miguel Ángel Contreras elige un lenguaje simbólico, como hemos dicho, que se va alargando hasta convertirse en una alegoría. El desierto como motor y como núcleo de este libro poseerá en la segunda parte un contrapunto, la piedra, que se erige como antítesis, en una lucha encarnizada entre lo que perdura ante el viento o la lluvia, ante la desolación exterior, y lo que ya se ha disuelto y deshecho, vuelto arena menuda finísima, próxima a convertirse en polvo. No podemos olvidar que la piedra, aunque arrostre los peores climas, acabará claudicando y erosionándose. Una visión, no obstante, optimista, queda en el último poema, «Declaración de principios» (p. 54), cuando el protagonista –que puede ser el propio poeta– nos confiesa que «no dejo de sentir cada mañana / que lo mejor siempre está por llegar.» Valiente lema por el que a la piedra se le otorga corazón (reminiscencias de «Lo fatal», de Rubén Darío) y el destino es origen, siempre en el mismo texto, haciendo de esta contradicción una forma de vivir, a pesar de todo lo que nos rodea, de estar predestinados a pasar de la fortaleza de la piedra, de su dureza mineral y entereza, a arena y, finalmente, polvo.

Reseña de Juan Carlos Abril sobre el poemario 'Libro de precisiones'

Pero hasta este último poema el recorrido está jalonado por dos partes más un texto introductorio, «Proemio del desierto», un poema en prosa que nos introduce en la alegoría inicial e iniciática del desierto, para seguir con «En el desierto», y «Variaciones en la piedra», el contrapunto aludido. Desde los primeros versículos del poema proemio, hay una confluencia de planos, en unos hábiles juegos de palabras, y acaba estableciéndose una sola identidad entre la ciudad y el desierto: «La noche se encontraba desierta entre el asfalto». El personaje se introduce en la boca del subsuelo, en el metro –con un guiño de ensoñación vanguardista, muy efectivo, por cierto– y como si se tratara de un embudo en el que nos atrapa la arena que cae, parece que caemos en un reloj de arena donde sin ningún tipo de ayuda nos arrastrará el impulso de la arena y la gravedad hacia abajo. Pero también podría tratarse de un agujero excavado en el suelo en el que la arena va campando a sus anchas, comiendo el terreno en el que acabamos siendo devorados, ahogados, sin poder respirar.

«Todo empezaba a erosionarme. Me hallé de pronto en un desierto donde éramos nosotros la arena granulada.» (Ídem.) Se produce así la identificación entre el desierto, la ciudad y nosotros mismos, nuestra oquedad vital, nuestra identidad borrada, desalojada, deshabitada, zombis, marionetas o autómatas de ciudades en las que nadie conoce a nadie en el contexto frío de relaciones inhumanas. El final del poema es sumamente elocuente: «El silencio empezó a prolongarse por momentos. La erosión avanzaba hacia mí con paso firme. Ahora me encontraba en el epicentro de un desierto invertido donde todo lo que estaba lleno era en verdad muestra inequívoca de lo vacío.» (p. 9)
Lo vacío remite desde un primer momento a nosotros mismos, a nuestro propio interior, una vez despojado de esencias, primero de tipo teológico como, después, de tipo antropológico. Doble mentira y, por ende, doble trabajo. El sujeto es un «ángel caído / desterrado» (p. 13), entroncando esta poética con las vanguardias históricas y con el descubrimiento –y la voz de alarma– de nuestra oquedad. Cobran sentido así estos versos: «¡Y qué mal se encuentra uno / dando culto a dioses que no existen!» (p. 23). En otro precioso poema, que recoge lo mejor de la tradición clásica, como un fotograma de una película, «He visto perdida en el desierto» (p. 27), vislumbramos una cariátide en el desierto… una cariátide que ha dejado de ser «la diosa protectora de su ciudad / y casi de forma idéntica a la ciudad misma.» Los dioses no sólo no existen, ¡son una falacia! Quizá la nostalgia de los mitos nos consuele.
Denuncia pero al mismo tiempo constatación, la poesía de Miguel Ángel Contreras deambula por el desierto, por el páramo de nuestra existencia, y es precisamente de existencialismo de lo que se tiñen en multitud de ocasiones estos versos, buscando un asidero a todo este caos: «Desierto, todo es desierto […] Polvorienta soledad / de miles de dunas estériles / que danzan incansables hacia la nada». (p. 15) Hay un desgarro vital en algunos momentos, libre de patetismos o artimañas sentimentaloides, porque de lo que se trata es de morigerar el dolor de estar vivo a través de la poesía, la emoción y la conciencia, en la búsqueda de ese ser –la Otredad– que nos puede aliviar, en la promesa de la amistad o el encuentro con el Otro: «La angustia acentúa la soledad / y la busca se hace interminable. / Persigues entre las calles a cualquier ser / diminuto que te pueda hacer sentir / que en este desierto de asfalto / no se está del todo solo.» (p. 16) Situación que tiene una lectura algo menos positiva, sin caer en un pesimismo absoluto, en «He creído comprender», cuando asegura que «Toda sombra existente / es en el fondo / una proyección de vida. / Y estoy solo, / terriblemente solo / en un desierto de sombras.» (p. 19) El poeta se encuentra solo, ese sujeto cotidiano se encuentra solo en su día a día, pero igualmente el resto de individuos se encuentran solos. El poeta ha comprendido esta triste realidad. Sin arrogarse un poder sobrehumano ni catalizador de las masas, simplemente es consciente del terrible vacío que nos nutre, sabiendo que no compartimos con los demás apenas nada que no sean instintos biológicos, que nada nos une y, en suma, que el humanismo –igual que cualquier otra ideología– fue un invento y también ha desaparecido. Recordemos este poemita: «¡Qué crudo es vivir / bajo la alargada sombra / que uno mismo proyecta!» (p. 29)
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Existencialismo pero al mismo tiempo cierto optimismo final, diálogo de la arena y la piedra, como monólogo interior que va buscando dialécticamente otros monólogos interiores –en la herencia del monólogo interior dramático– con los que identificarse, la poesía de Miguel Ángel Contreras nos ofrece una lectura sin condescendencias pero con ciertas certezas, ya que la «Precisión / es todo lo contrario a incertidumbre» (p. 31). De estirpe cuántica, rastreable la mirada al universo y al mundo, la búsqueda material y matérica de las cosas (ver, por ejemplo, «Indagación», p. 36, o «El pequeño cosmos del hombre», p. 43), hay otros poemas interesantes que nos llevarían lejos, como la pareja «Si estando en el desierto» (p. 22) y «Si estando en la ciudad» (p. 45), o «Bajo los tilos» (p. 52), entre otros. Hay, por tanto, ciertas parejas dialécticas que configuran el libro, de manera que esos diálogos son la base del diálogo intrasubjetivo del poeta consigo mismo, de nosotros mismos, pero también intersubjetivo, de los unos con los otros. Un poemario muy bien armado que nos ha dado una alegría como lectores y que queremos recomendar vivamente. <---newpage--->

 

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