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Cultura 31.10.2007Imprimir

"El carrusel del parque"

Breve relato del escritor Manuel Ferrero López del Moral

(Noticiascadadía).- El carrusel del parque sufría los achaques de la vejez, las vueltas mareaban su corazón y cuando llovía, las gotas le pesaban como mares de tiempo. Su color pálido, entre plata y dorado, no inventaba nada si se comparaba con el brillo de neón. El resto de las atracciones hacían las delicias de los más pequeños. Cada día menos niños se montaban en sus caballos blancos, sus columpios de largas cadenas giraban la mayor parte del tiempo vacíos y la música de organillo, la que producía su maquinaria de ruedas, tuercas y percusiones, sonaba triste, oxidada y monótona.

El feriante olvidó los años de lealtad y la escueta prosperidad que hasta ayer le agradecía, una vida ganada a base de robarle vueltas a las vueltas del mundo, una hazaña de sonrisas, jinete audaz cerca de las estrellas y melenas mecidas por el viento hecho círculo. Así de cruel y de injusto, así como la vida misma, jubilado el Tio Vivo en el rincón más oscuro del jardín y en su lugar habían comprado un saltamontes, de estridentes destellos, velocidad loca y ritmo atronador. Giros y giros, botes y más botes.

Las hojas del otoño cubrieron su techumbre de lona verdinegra, los charcos y el barro inundaban la pista de tablón y los ratones silvestres buscaban cobijo en sus entrañas. El anciano Tío Vivo miraba la luna y suspiraba, mientras su pensamiento iba de la nostalgia a los recuerdos y de la memoria a la melancolía: “cada flor tiene su primavera y la mía ya pasó”. Le crujían las barras cada vez que alguien se acercaba a él, hablo de crujir y no de doler, porque nadie puede probar que un carrusel sufra dolor.

Hoy era una pareja que se escondía en la columna del centro, y mientras se miraban a los ojos o se besaban, casi se oían los latidos metálicos del carrusel. Primero abrían la puerta de aquella recamara y al poco de entrar el Tio Vivo, soltaba un acorde inesperado, como queriendo evocar una alegría pasada, pero los novios huían entonces como las aves al escuchar un trueno. “ ¿A dónde vais? Solo quería ponerle melodía a vuestros abrazos.” Y mañana aparecía Miguelín, Vivo lo recordaba bien, aunque se había convertido en un hombre. ¿Cuántas risas habían compartido, mientras los abuelos aguardaban con la manzana de caramelo y la brisa de la velocidad le hacía hormigas en el estomago? “¡Hola Miguel! ¿Te acuerdas de mi? Querías ser domador de leones, me lo contaste ¿lo recuerdas?” El hombre miro a un lado y a otro, inquieto, cosa que animó a Tío. “Sí, tu mama se subía al columpio, para saludarte y hacerte gracias”.

¿Cuanto tiempo hacía que la atracción no se sentía escuchada? Demasiado como para darse cuenta, de que en realidad, aquel nerviosismo que le veía, nada tenía que ver con que le hubiese oído.

Los ojos del visitante iban de un lado a otro, hasta que se acercó a uno de los corceles, se bajo la cremallera y... las gotas de rocío relumbraban de amarillo sobre una barra metalizada. “ ¡Ay! Cada flor tiene su primavera y la mía ya pasó. Cuantos sudores de aceite para que se olviden de uno, para que crean que saben más que este trasto viejo, para que me dejen solo, para que no me visiten y me llamen aburrido, desfasado, repetitivo y me humillen, a mi, que te mecí en mis brazos y te dormí con mis nanas mas de una tarde”.

 

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