Carta Pastoral del Obispo de Jaén: Cuaresma 2008
(Noticiascadadía).- Queridos fieles
diocesanos:
De nuevo, a las puertas de la Santa Cuaresma,
siento la invitación interior del Señor para
recordaros y exhortaros a todos nuestro compromiso
especial para este curso pastoral: ACRECENTAR LA
EXPERIENCIA DE UNIÓN CON EL SEÑOR.
«Toda nuestra misión pastoral -decíamos en el Plan
Pastoral para este curso- ha de comenzar por la
vivencia íntima con que el Señor Jesús. Por eso en
este segundo curso se pretende que toda la Iglesia
Diocesana haga un esfuerzo para experimentar ese
encuentro en intimidad con el Señor a través de la
oración, de la catequesis y del hermano
necesitado.»
1. Preparación para
la Pascua
Vamos a asumir con renovada ilusión, queridos
presbíteros, religiosos, religiosas, personas
consagradas, asociaciones, movimientos, fieles
todos en cada edad y circunstancia, la invitación
amorosa del Señor para preparar la próxima
Pascua.
Quiere el Señor, con el inmenso amor que tiene por
cada uno de nosotros, que, a lo largo del recorrido
cuaresmal que iniciaremos juntos el próximo día 6
de febrero, purifiquemos el rostro de esta nuestra
Iglesia de Jaén para convertirla en instrumento
dócil y generoso de evangelización y de amor
cristiano para con todos.
El Señor nos propone e invita a caminar con Él
hasta Jerusalén, al tiempo que vamos transformando
y cambiando nuestros corazones para recibir el
«nuevo fuego» pascual, «el agua nueva» del
bautismo.
Nos equivocaríamos si no nos situáramos, para hacer
este recorrido, en nuestra personal intimidad.
Hemos de guardar silencio e interiorizar.
El dardo de amor misericordioso que Dios dirigirá a
nuestras vidas en el próximo Miércoles de Ceniza:
«Convertíos y creed en el Evangelio», es una
llamada directa y muy personal al corazón de cada
uno de nosotros y a toda la comunidad diocesana. La
acogida de esta llamada no se realiza en la
periferia, en lo superficial de nuestra existencia,
sino en lo más profundo de nuestro ser personal y
comunitario.
2. Intensificamos la
oración
Dios tiene, en este tiempo, más cosas que decirnos
que las que nosotros tenemos que decirle,
seguramente. Necesitamos el silencio interior y
dedicar tiempo a Dios para escuchar su voz. Pero
también a Dios le encanta escuchar nuestra palabra
serena, íntima, personal, nuestra.
Con la oración cultivamos el encuentro con Jesús y,
por Él, con Dios Padre y el Espíritu Santo. Del
encuentro surge la amistad y por la amistad se
comparten intereses. Nuestros afanes se hacen
coincidir con los de Dios cuando comprobamos que es
Él quien quiere esos intereses. Por la oración nos
llega la luz de Dios que ilumina nuestros pasos. Al
sentirnos hijos de Dios, nuestro Padre, desearemos
se cumpla su voluntad en nuestras vidas.
Dice el Evangelio sobre la oración: «Cuando ores no
digas muchas palabras, porque Dios sabe muy bien lo
que necesitas». «Cuando ores, di: “Padre nuestro…”»
También nos dice: «Llamad y se os abrirá, pedid y
se os dará». Lo que más importa es que el corazón
escuche a Dios y hable de Dios.
Jesús vivió intensamente este diálogo con Dios
Padre. ¡Tenían tanto que decirse Padre e Hijo!
También la vida de cada uno de nosotros le interesa
mucho a Dios nuestro Padre. Él sigue repitiendo:
«Éste es mi hijo amado». Le interesan nuestras
penas y alegrías. Nadie es ajeno a su corazón.
Quiere escuchar y compartir nuestras luchas,
derrotas, victorias, proyectos, situaciones. Es el
eterno peregrino que sale a nuestro encuentro,
espera y llama a nuestra puerta para que le
abramos.
Poníamos como objetivo en el Plan Pastoral
diocesano: «Fomentar la vida de oración en
sacerdotes, religiosos y laicos» y nos marcábamos
incluso la tarea de «crear escuelas de oración en
las parroquias, adaptadas a niños, jóvenes y
adultos».
Es buen momento para responder a esa propuesta, sin
duda del Espíritu, por parte de todos y de cada
uno.
3. Lectura de la
Biblia
Sabemos que la Sagrada Biblia es fuente de vida y
alimento del creyente. Cada página es una lámpara
que ilumina nuestros caminos. Desde la práctica
milenaria de la lectura de la Biblia se ora, se
reflexiona. La verdad de Dios penetra en nuestro
interior y nos transforma. Vemos el paso de Dios y
su presencia en nuestras vidas. Alcanzamos a ver el
plan de salvación que Él tiene sobre cada uno de
nosotros. La «lectio divina», el contacto directo y
asiduo con la Sagrada Escritura, tal y como nos lo
propone la Iglesia en la liturgia de este tiempo,
es un medio de extraordinaria importancia para
nuestro encuentro con el Señor.
La Biblia es, sin duda, el libro del Pueblo de Dios
y, tanto los fieles como las comunidades cristianas
crecen y se fortalecen interiormente desde ella.
Con su fuerza, la vida cambia y el creyente se
convierte al Evangelio de Jesucristo.
Nuestro Plan de Pastoral señala como tarea
específica, en relación con esta propuesta y para
este curso, la «creación a nivel parroquial de
grupos de lectura creyente de la Biblia».
Me consta que así se está llevando a cabo en
alguna Parroquia y Comunidad. Se encomendó al
equipo bíblico del Seminario el oportuno
asesoramiento y ayuda para ello, y a él pueden
dirigirse con plena confianza.
4. Ayuno y
abstinencia como fuente de caridad
No comer o privarnos de algo encierra el sentido de
recordarnos que no vivimos sólo de pan o de cosas
materiales, sino que también forman parte de
nuestra existencia otras ocupaciones y metas más
altas, como son, sobre todo, la búsqueda de Dios y
el servicio a los demás. Si nos privamos de algo no
es para tener más, sino para poder dar más a otros
que viven con mucho menos que nosotros.
El ayuno y la abstinencia cuaresmales tienen un
alcance y sentido de lucha contra nuestros egoísmos
y son una invitación para salir al encuentro del
necesitado.
Jesús curó a enfermos, dio de comer y consoló a
tristes. No se quedó en planteamientos y teorías.
Si queremos hoy que Él se haga presente en nuestras
vidas y que su amor y vida llegue a otros por
nuestras manos, debemos mirar y acercarnos a los
que están al lado del camino, pues sigue repitiendo
a sus discípulos: «dadles vosotros de comer.»
La presencia de Jesucristo no sólo nos llega en su
Palabra y sacramentos, sino también por quienes
aman a los que sufren y lo ponen por obra. Él se
hace presente en los ciegos, cojos, leprosos y
sordos. Está en el rostro de los abandonados y
empobrecidos.
Buena ocasión la próxima Cuaresma y Tiempo pascual
para que nuestras Parroquias analicen a nivel
comunitario su respuesta a una caridad organizada.
Como refleja el Plan de Pastoral diocesano:
«…asumiéndose el principio de que ninguna
parroquia, incluso las más pequeñas, esté sin
equipo de Cáritas.»
5. Intensificar nuestra formación religiosa
No se ama lo que no se conoce. No se puede caminar
por la vida con cuatro ideas sobre el Evangelio de
Jesucristo entre alfileres y sin apenas
consistencia. Si la sal se vuelve sosa y la lámpara
no tiene apenas aceite poco podrá salar e iluminar
el discípulo de Jesús.
El creyente debe buscar y descubrir los signos de
Dios y su presencia donde otros no lo ven. Está
invitado a mirar como Dios mira «a lo divino», y,
para ello, necesita profundizar y razonar los
contenidos de su fe. Esto incluye aproximarnos a
Jesús y a sus enseñanzas para ser tocados por Él,
para ver lo que Él nos descubre, para indagar en su
verdad.
Dios enseña a ver más allá de lo que se ve y, para
ello, tenemos que poner los medios conducentes,
emplear tiempo en la lectura reposada del Compendio
del Catecismo de la Iglesia Católica, por ejemplo,
asistir a charlas cuaresmales, ejercicios
espirituales, retiros, convivencias, cursos de
teología, catecumenado, otros medios.
El Plan Pastoral diocesano insiste también en
varios de sus apartados sobre la «formación de
catequistas», «organización de encuentros»,
«creación de grupos de catecumenado», ofrecer
«materiales adecuados para la catequesis», sobre la
«renovación de las Escuelas de Formación
cristiana». Es tiempo propicio para responder a
estas demandas formuladas por los fieles diocesanos
durante la reflexión del curso pastoral anterior.
Pongamos manos a la obra, pues se pueden dar nuevos
pasos en tareas tan importantes.
6. «¿Qué quieres,
Señor, que haga?» (Hch 22, 10)
San Pablo respondió a esta pregunta con una
verdadera transformación de su vida. Más tarde
escribiría a sus fieles: «Dejaos reconciliar con
Dios». Eso es convertirse. Abramos también nuestros
corazones al mismo amor misericordioso de Dios que
quiere restablecer nuevas relaciones con cada uno
de nosotros, con esta nuestra Iglesia. De Él parte
la iniciativa. Va en busca nuestra, tanto para
acercarnos más «a su casa» como para invitarnos a
volver a la misma, sí así fuera necesario. «No hay
señal más segura de pequeñez de espíritu que estar
satisfecho de todo» (Papini)
Convertirnos es situar a Dios en el centro de
nuestra vida. Es aceptar el modelo de vida que Él
nos ofrece en los Mandamientos y Bienaventuranzas.
Es juzgar las cosas con los criterios de Dios, no
con los que imperan como moda del momento.
Convertirse es arrodillarnos ante Él y buscar su
perdón en el sacramento de la Reconciliación. Es
saber perdonar al que nos pide perdón y
adelantarnos a pedirlo, sí así fuera preciso. Es
pagar salarios justos y no explotar al emigrante.
Convertirse es renacer, ser mejores personas,
mejores creyentes. Es caminar más cerca de Jesús y
hacerlo como Él nos enseñó. Ver las cosas, la vida
y a las personas con los ojos de Dios.
7. Cuarenta días de
gracia:
Es el Señor, en definitiva, quién sale a nuestro
encuentro en la preparación de esa Pascua del 2008
y, en su prolongación, durante los cincuenta días
siguientes. A través de la cruz pasaremos con Él a
una nueva vida. Como diría San Pablo debemos
completar en nosotros «lo que falta a la pasión de
Cristo».
8. «Convertíos porque está cerca el Reino de
los Cielos» (Mt 4, 17)
El camino está trazado. No vamos solos. Caminamos
en comunidad presididos por el Buen Pastor. Somos
un pueblo que camina. Tengamos también la ilusión
de acompañar a quienes se cansan o no conocen el
camino. Tengamos un corazón misionero para que
todos los hombres miren «al que atravesaron», al
Hijo de Dios. Abramos nuestros ojos para ver el
rostro de Jesús en nuestros hermanos más
necesitados.
Con María, Madre de Jesús y Madre nuestra,
caminemos alegres hacia la Pascua.
Os bendice con todo afecto en el Señor.
Jaén, 25 de enero de 2008
X RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ. OBISPO DE JAÉN











