Chris Wietz dirige "La brújula dorada"
A finales de los 90 el escritor Philip Pullman se convirtió en un superventas gracias a una trilogía escrita para niños pero dirigida a adultos
(Noticiascadadía/RED).- Su tío, el intrépido Lord Asriel, se niega a ayudarla, pero la llegada de la Sra. Coulter le abre un nuevo camino. Acompañada por su daimonion (un ser que personifica el alma) y un mágico artilugio, Lyra inicia una aventura que marcará su destino.
A finales de los 90 el escritor Philip Pullman se convirtió en un superventas gracias a una trilogía escrita para niños pero dirigida a adultos. Se llamaba "La Materia Oscura" y sus libros "La Brújula Dorada", "La Daga" y "El catalejo lacado" consiguieron vender más de 14 millones de ejemplares en todo el mundo.
El realizador Chris Weitz (De vuelta a la tierra, Un niño grande) se sintió atraído por la imaginación del primer relato y decidió llevarlo a la gran pantalla. "La brújula dorada" es una película para toda la familia que cuenta una historia fantástica, con unos personajes mágicos y una moraleja que tiene su aquél. Los diseñadores han tenido que hacer un esfuerzo para plasmar la maquinaria estrafalaria y los fascinantes escenarios que forman el universo de Lyra. Todo ello aderezado con unos efectos visuales a la altura de los grandes cuentos.
Dakota Blue Richards debuta en el cine como protagonista de esta aventura, aunque está bien acompañada por dos estrellas. Nicole Kidman regresa al cine fantástico tras el fiasco de "Embrujada" y vuelve a trabajar con el último James Bond, Daniel Craig, después de la tan criticada "Invasión". Entre extraños seres, brujas, y villanos sin escrúpulos destaca la presencia de Sam Elliott (El motorista fantasma) y Derek Jacobi (Gladiator).
La crítica
La épica fantástica formato cine empieza a evidenciar alarmantes síntomas de agotamiento. La superposición de remiendos y recosidos acaba echando a perder, antes o después, la gallina de los huevos de oro. El contexto es un arma de doble filo, sirve para vender el producto como 'a caballo entre esta o aquella', 'basada en el libro que inspiro a fulano para escribir...' o 'si te gustó esa película o aquella otra ésta te gustará también...'. Así, "La brújula dorada" es pariente más o menos cercana de "El Señor de los Anillos", amiga íntima de "Las crónicas de Narnia", o de "Stardust" o "Los seis signos de la luz" o, por qué no, de la vilipendiada "Eragon". El empacho empieza a provocar indigestión, y es que la calculada afinidad mágico-adolescente de unas y otras hiede a oportunismo con una intensidad incómoda.
Si llega o no la propuesta de Chris Weitz en la cima de la curva o, como parecen sugerir los decepcionantes resultados taquilleros de "Eragon" y "Stardust", en el principio del vertiginoso descenso, lo sabremos en unos días. Pero hay una variante nueva en este enésimo, e indecentemente costoso, cajón de sastre neomitológico: el collage tiene mayor número de tentáculos, y el refrito una dimensión estratégicamente más amplia. Conclusión y resultado final: si "Eragon", por poner un ejemplo x era el resultado permutable de la suma "El Señor de los Anillos" + "La guerra de las galaxias", "La brújula dorada" es el producto resultante de la cuenta "Las crónicas de Narnia" + "Harry Potter".
Sucedáneo del sucedáneo, la valoración descontextualizada del producto cinematográfico no tiene valor sin la estimación global del paquete de marketing en el que viene envuelta la película de Chris Weitz: el filme es el reclamo para vender los libros y viceversa, que a su vez son reclamo para vender el videojuego y viceversa, sin olvidar el "ultimo factor en la ecuación: el "merchandising" navideño. Resultado: una gigantesca operación de mercadotecnia multimedia.
Por descontado, o no, matrícula de honor para el acabado digital del elemento fantástico. "La brújula dorada" es un alarde de virtuosismo técnico en ese ámbito que, sin lugar a dudas, satisfará sin peros a los amantes del efecto especial en bruto. En ese sentido la cinta de Weitz está un punto por encima de la fauna antropomorfa de la primera entrega de "Las crónicas de Narnia", las hordas de osos polares (el gran activo visual del espectáculo) definen un grado de semiperfección ciertamente notable. Harina de otro costal es el galimatías argumental de un relato que parece llevarse mal con todo aquel ajeno a los mundos paralelos de las novelas de Philip Pullman, hostil con el recién llegado sin brújula (valga el facilón juego de palabras) para orientarse entre la procacidad multidimensional (o algo así) de una ficción desproporcionadamente retorcida en su condensación fílmica para el consumo infantil. "La brújula dorada" pide más minutos a gritos o una criba más exigente de subtramas, una mejor definición de los presuntos personajes protagónicos (¿por qué nos venden a Daniel Craig y Eva Green como personajes principales cuando entre los dos no suman más de diez minutos en pantalla?), y unas lecciones extraescolares para entender qué diantres es el Polvo y demás anotaciones filosófico-existencialistas acerca del cómo, dónde, cuándo y porqué de casi todo. A Weitz no le bastan las dos horas cortas de película a disposición para cohesionar adecuadamente el quién es quién de la novela. Tal es así que resulta sorprendente la indignación de los cuatro exaltados de costumbre a colación del presunto mensaje anticlerical cifrado en la película. Puestos a buscarle tres pies al gato, "La brújula dorada" (película) bien puede ser leída como una exaltación de la masonería o una parábola zoroastrista sobre el poder humano y divino. ¿Por qué no?













