Hechos Extravagantes y Falacias de la Historia
Elaboradas por Gustavo Ernesto Demarchi
En nuestra adolescencia, leíamos –devorábamos,
mejor dicho- novelas de piratas, ese apasionante
género de aventuras que narra las peligrosas
peripecias protagonizadas por bucaneros,
filibusteros y corsarios, tanto ingleses como
holandeses, portugueses, franceses y también
españoles. En la literatura juvenil, estos heroicos
bandoleros recorrían los mares del mundo saqueando
barcos mercantes, sembrando el terror entre los
marinos y los pobladores de puertos y ciudades
ribereñas y seduciendo a bellas mujeres, mientras
que sus andanzas y leyendas eran la fuente
inspiradora de relatos inolvidables, debido a la
imaginativa pluma de escritores de la talla de
Stevenson (“La isla del tesoro”), Salgari (“El
corsario negro”), Verne (“Piratas de Hálifax”),
Barrie (“Peter Pan”), Scott (“El pirata”), Magerit
(“El tesoro de Morgan”), Siri (“Bouchard, el
corsario”), y tantos otros títulos que nos
fascinaron en aquellas primeras lecturas.
Pero en la vida real, la piratería constituyó un
fenómeno muy preocupante que proliferó entre los
siglos XVI y XIX; en buena medida, era consecuencia
de la fuerte puja entablada entre las potencias
europeas por el control del tráfico marítimo
internacional, el cual había aumentado de modo
exponencial luego del descubrimiento de América y
de la apertura de nuevas rutas de navegación entre
Occidente y Oriente. Los piratas modernos heredaron
la fama legendaria que, como feroces e implacables
ladrones y asesinos navales, habían ostentado
varios siglos antes normandos, sarracenos,
berberiscos y vikingos en los mares Mediterráneo,
Báltico, del Norte y Mármara, por mencionar sólo
los escenarios más habituales de sus correrías.
Incluso, si nos remontamos a tiempos más antiguos
aún, el Imperio Romano ya lidiaba con flotas
piratas de procedencia diversa que infestaban el
Mare Nostrum y perturbaban la circulación de
mercancías y personas entre las provincias y la
metrópolis.
En la República Argentina y en época más reciente,
la expresión “piratas” adquirió una connotación
diferente. En efecto, el vocablo fue utilizado
metafóricamente por intelectuales, políticos y
periodistas para nombrar de modo peyorativo a los
agentes de Gran Bretaña. De acuerdo con esta
utilización, los ingleses son “piratas” en tanto y
en cuanto representan a una nación imperialista
enriquecida merced al ejercicio sistemático del
pillaje en países que, como el nuestro, han sido
víctimas de su dominio económico prepotente. La
piratería, según esta singular acepción doméstica,
se habría ejercitado por intermedio de históricas
insidias y presiones diplomáticas y, en particular,
a través del control ejercido sobre medios de
transporte, bancos, compañías exportadoras y
servicios públicos que, durante muchos años,
estuvieron en manos de capitales de dicho
origen.
Como es lógico para este razonamiento, se
censura con mayor vehemencia la invasión
militar marítima al Virreinato (1806-07) y la
posterior usurpación de las islas Malvinas
perpetrada por los ingleses hace 170 años. El
archipiélago austral es reivindicado como propio
por los gobiernos argentinos al considerarse
legítimos herederos de las antiguas posesiones
coloniales españolas. El haberse apoderado por la
fuerza de algo que no les pertenece sería una
demostración palpable del estilo “pirateril”
practicado, desde siempre, por nuestros antiguos
socios comerciales devenidos a continuación en
enemigos externos. Es cierto, también, que la
triste fama que rodeó las andanzas de sir Francis
Drake y de sus secuaces en los mares de Sudamérica,
contribuyó a imponer y generalizar entre nuestros
compatriotas el uso del descalificante
mote.
Además, para completar el inventario de
ingredientes que abonan el uso de este calificativo
despectivo, en el terreno futbolístico –donde la
pasión se impone a la razón con igual facilidad que
en la política- es habitual escuchar decir que los
“piratas” ingleses birlaron tramposamente a nuestra
Selección Nacional el campeonato mundial jugado en
Inglaterra hace unos cuarenta años atrás.
Por cierto que, en esta apropiación criolla de la
palabra pirata (tanto la “académica” y política
como la deportiva), hay una intención insultante
que consiste en entenderla como sinónimo de
sinvergüenza, pícaro, ladrón, saqueador, expoliador
y, también, criminal, es decir, que el vocablo
condensa de modo eufemístico lo peor que puede
atribuírsele al otro, al adversario. Nada que ver,
por supuesto, con lo que los argentinos creemos de
nosotros mismos y de nuestro “inmaculado” pasado
histórico, al que mantenemos en un solemne y
reverenciado pedestal. Esto significa que, en la
historia argentina (y en el imaginario popular),
cuando ésta se refiere a los conflictos entablados
con otras naciones y con otros pueblos, no hubo
lugar de nuestra parte para cometer atropellos,
latrocinios, injusticias, violaciones a la
propiedad y a los derechos humanos, ni usurpaciones
de ningún tipo. Así lo sugieren –lo dictan, más
bien- de modo unánime los libros escolares.
Si, por el contrario, tomáramos conciencia cabal de
que nuestros antepasados también fueron “piratas”,
incluso de que parte de la gesta emancipadora fue
financiada por la piratería en gran escala,
abandonaríamos la costumbre de utilizar la
expresión como un denuesto para desacreditar a los
demás. En cambio, salvo alguna referencia sucinta a
las circunstancias por las cuales Hipólito Bouchard
y Guillermo Brown, siguiendo instrucciones de las
autoridades locales, realizaron varios periplos
internacionales detentando patente corsaria, poco y
nada se ha escrito acerca de las innumerables
tropelías cometidas por los barcos piratas de
pabellón nacional que asolaron mares, islas,
puertos y playas del Sur, Centro y Norteamérica
durante una década, mientras que, en las Provincias
Unidas del Río de la Plata, se desarrollaba la
Guerra de la Independencia. Tampoco se ha buceado
demasiado alrededor del papel que los gobiernos
patrios asignaron a la contratación de flotas
corsarias, en aquellos tiempos históricos en los
cuales no había recursos para financiar la costosa
campaña libertadora del ejército al mando del
general José de San Martín.
Descorramos el velo, entonces, de una buena vez por
todas.
¡Al abordaje !
Durante la segunda década del siglo XIX, los
presidentes de Estados Unidos –Madison y Monroe- si
bien apoyaron la independencia de los pueblos
sudamericanos, mantenían formal neutralidad frente
a la guerra revolucionaria, de modo de evitarse
dificultades y represalias de parte de España y de
sus aliados europeos. En la defensa de este
delicado equilibrio diplomático, el gobierno de
Washington quedaba envuelto con frecuencia en
incómodas situaciones provocadas por el accionar de
buques corsarios de bandera argentina, los cuales
se movían, tanto en el Mar Caribe como frente a las
costas de México y California, asaltando a cuanto
navío español se animara a pasar por dicha zona
crítica. Cabe destacar que, para esa época, la ruta
Cádiz-Canarias-Cuba-Nueva Granada era de principal
importancia para el intenso comercio entre la
metrópolis ibérica y sus colonias de
Centroamérica.
En aquel ámbito, los intrépidos piratas argentinos
(así como los que actuaban siguiendo directivas de
Artigas, el caudillo oriental rebelde) “reducían”
el producto de sus pillajes en los puertos de
Baltimore, Norfolk, Charleston, Savannah y Nueva
Orleáns, donde también se reabastecían, reparaban
las naves y contrataban las tripulaciones de
refresco que necesitaban para volver a darse a la
mar. Una ley norteamericana de neutralidad de 1815,
los protegía de cualquier sanción punitiva,
otorgándoles un razonable nivel de libertad de
movimientos. No obstante ello, las quejas de la
monarquía española eran tan frecuentes y furibundas
que, de tanto en tanto, las autoridades
yanquis debían intervenir reprimiendo –o
cuanto menos, acotando- la intensa y depredadora
actividad pirateril de los navíos de pabellón
celeste y blanco.
Si bien los corsarios (es decir: piratas con
“concesión” oficial) solían no ser de nacionalidad
argentina ni tan siquiera sudamericana, ostentaban
en sus flotillas la bandera nacional y actuaban de
acuerdo a reglamentación e instrucciones impuestas
por el gobierno instalado en Buenos Aires, al cual
debían participar de un porcentaje importante del
botín obtenido en los abordajes marítimos. Estos
fondos constituían interesantes recursos para el
erario público en una época en la que la incipiente
nación sudamericana luchaba en varios frentes
militares; por un lado, en contra del yugo español
que intentaba recuperar sus posesiones coloniales;
por el otro, para repeler la presión imperial
portuguesa que pretendía apoderarse del estuario
del Río de la Plata y de su estratégico hinterland.
Además, los navíos en misión corsaria se
comprometían a remesar de inmediato aquella
correspondencia y documentación realista capturada
a barcos españoles y portugueses que resultara de
utilidad para el desarrollo de tareas de
espionaje.
El general San Martín, luego de las victorias de
Chacabuco (1817) y Maipú (1818), comisionó a un
agente –Manuel Hermenegildo de Aguirre- para que
viajara a U.S.A. a formalizar la compra de dos
fragatas y seis corbetas con el fin de que
realizaran el transporte marítimo de Chile a Perú
del ejército libertador, de modo de atacar el
corazón del poder hispánico en Sudamérica. Dicha
estrategia se complicó por falta de dinero fresco y
por la animosidad creciente hacia los sudamericanos
que, tanto en la opinión pública como en la prensa
norteamericana, inspiraban los piratas que
merodeaban las costas de EEUU.
Aquí cabe acotar que el enviado, pariente de
Pueyrredón, reemplazó a Martín Thompson, esposo de
Mariquita Sánchez, quien había fracasado
rotundamente y que, al ser relevado de la
representación oficial en el país del norte, se
deprimió tanto que murió durante el viaje de
regreso a la patria. Aguirre, más pícaro para
encarar “negocios” internacionales, cuando comprobó
que los caminos formales se cerraban (un crédito
bancario prometido le fue denegado), decidió
contratar más armadores corsarios con el fin de
obtener por “izquierda” los recursos financieros
necesarios para viabilizar la invasión al último
virreinato todavía vigente.
Al mismo tiempo en que se desarrollaban estas
cruciales gestiones, se desataba un fenomenal
escándalo promovido por el Richmond Enquirer y
otros periódicos locales, que involucraba a jueces
y diputados acusados de recibir coimas de parte de
compañías piratas de origen argentino, a cambio de
hacer “la vista gorda” acerca de sus habituales
tropelías. Al alcanzar el asunto estado público, el
gobierno de Washington se vio presionado a tomar
medidas contra la actividad corsaria. Así fue como
llegó a promover la ocupación militar de la isla
Amelia, la cual era utilizada por los barcos
piratas argentinos como base habitual de sus
operaciones. (Amelia, ubicada en proximidades de la
Florida fue, para la piratería sudamericana una
guarida, lo mismo que la legendaria isla de la
Tortuga había sido, dos siglos antes, para los
filibusteros y bucaneros franceses, ingleses y
holandeses). Esta vez, si bien la iniciativa de
desalojar la isla conflictiva no prosperó, el grave
incidente afectó las relaciones bilaterales entre
Estados Unidos y las Provincias del Sur, y demoró,
unos cuantos años más, el reconocimiento oficial de
nuestra independencia.
Frustrada también la misión del cónsul Hermenegildo de Aguirre, el Director Supremo, a la sazón cada vez más urgido por los requerimientos de aprovisionamiento y de transporte que demandaba San Martín desde Chile, encomendó una nueva representación al aventurero y comerciante yanqui David De Forest. Éste, además de procurar obtener el reconocimiento diplomático y el consiguiente intercambio de embajadores, se obligaba “a contratar los servicios de barcos adicionales para encarar nuevas empresas de corso, asegurando el mantenimiento de una base de operaciones navales en una isla del Caribe”, como textualmente expresa el protocolo de instrucciones que recibió.
Este último intento oficial perdió viabilidad en 1819 cuando los Estados Unidos firmaron con España un tratado transcontinental por el cual la península de Florida, el área más infestada de piratas argentinos y sudamericanos, se convertía en territorio norteamericano. El arreglo entre ambas naciones, que afectaba la búsqueda de recursos para oxigenar las exhaustas arcas rioplatenses, abrió una nueva instancia en la relación bilateral entre ambos países americanos. En efecto, a partir de entonces comenzó a crecer entre legisladores y miembros prominentes de la Casa Blanca la convicción de que debía apurarse el reconocimiento diplomático de las Provincias Unidas del Río de la Plata para que, actuando como estado soberano con derechos y obligaciones frente a las demás naciones civilizadas, los argentinos acabaran por abandonar las actividades corsarias cuasi-delictivas que tanta preocupación e inconvenientes generaban. No obstante, todavía transcurrirían otros tres años durante los cuales la piratería argie seguiría provocando incidentes de gravedad diversa y comentarios negativos en el seno de la sociedad estadounidense. Una constante fue que, cuando más intransigente se ponía el Departamento de Estado con dichas actividades navales, más casos de corrupción de funcionarios públicos locales detectaba la prensa norteamericana, acusados de favorecer por acción u omisión, el desempeño de nuestros barcos corsarios.
El pirata no tiene quien le escriba
Como ya se dijo, salvo unas pocas excepciones bibliográficas especializadas, durante décadas los historiadores se han abstenido de considerar la piratería vernácula como objeto de sus investigaciones, de figurar en los relatos históricos y, por ende, de incorporar a los piratas al ilustre panteón del procerato nacional. Esta conducta ha servido para mantener en el anonimato a interesantes personajes que protagonizaron fantásticas aventuras, muchas de las cuales, como se ha dicho, fueron de gran utilidad para la gesta independentista.
Es así que ha quedado fuera de los libros la singular actividad desplegada por un número importante de navíos que detentaron patente argentina de corso, como fueron los bergantines “Santafesino”, “Invencible”, “Tupac Amarú” y “Heroína”; las corbetas “Independencia del Sud” y “Congreso”, la fragata “Chacabuco” y las goletas “Tucumán”, “Gral. San Martín” y “25 de Mayo”. Estas embarcaciones y muchas otras más (sólo en el Caribe habrían operado medio centenar de éstas), armadas y equipadas para el saqueo sistemático y haciendo flamear la bandera celeste y blanca, durante años sembraron el pánico en los mares del mundo.
Los nombres de los protagonistas de esta saga
singular continúan siendo desconocidos para el gran
público y, si bien la mayoría de los corsarios era
de nacionalidad extranjera (Taylor, Jewett,
Chayter, Dieter, Almeida, Ross, Grenier, Goudot,
Gourtois, Wilson y varios más), también es cierto
que abrazaron la causa libertadora sudamericana con
dedicación, coraje y pasión. Cabe destacar, además,
que la Argentina, una nación en ciernes por
entonces, carecía de formación naviera sistemática
y de experiencia marítima, sea comercial o militar.
Esto explica el predominio de extranjeros en la
conducción de las embarcaciones y la flotas, tanto
las de línea como las bélicas e irregulares.
Cabe reconocer, que se excluyó del silencio la
versión romántica y patriótica de las andanzas de
Bouchard, a quien se le atribuye un gran desinterés
material y una noble obsesión por perseguir a los
traficantes de esclavos en los mares del Lejano
Oriente. Guillermo Brown, en cambio, figura en los
libros de historia en su calidad del fundador
de la Armada Nacional antes que como corsario, no
obstante haberlo sido en varias oportunidades.
Por su parte, se ha mantenido en un pudoroso cono de sombra la increíble historia de la ya mencionada “República de Amelia”, bastión corsario del hemisferio norte manejado desde la capital argentina, que España y sus aliados europeos trataron de desarticular en diversas oportunidades. El ocultamiento abarca, además, los avatares que rodearon la fundación de los “Estados Unidos de Buenos Aires y Chile” (sí, así se denominó), un “país” medio en serio y medio de ficción asentado frente a la costa nicaragüense (archipiélago de San Andrés) que funcionó como puerto estratégico, aguantadero y emplazamiento poblacional pirata gobernado por corsarios sudamericanos.
La historia de este insólito enclave, una suerte de colonia de ultramar de las Provincias Unidas del Sur, explica, en parte, el hecho de que cuatro naciones centroamericanas luzcan en sus respectivas banderas los tradicionales colores del pabellón argentino.
Tampoco registra la historia, que se difunde en los claustros educativos, la audaz incursión naval perpetrada por estos marinos clandestinos en aguas de la península ibérica durante el año 1816. En dicha ocasión, en pos de la captura de barcos mercantes que representaran botines redituables, los osados esbirros navales bloquearon nada menos que el puerto de Cádiz, a la sazón el embarcadero más importante de España. Este acontecimiento ocurrió, precisamente en momentos en que una delegación diplomática criolla, encabezada por Bernardino Rivadavia, gestionaba una entrevista con el rey Fernando VII. El objetivo de la audiencia solicitada era rendirle pleitesía al soberano recientemente repuesto en el trono y, también, tratar de disuadirlo del envío de una expedición militar punitiva a Sudamérica con la cual se intentaría aplastar el movimiento independentista. El atrevido accionar corsario a las puertas de la metrópolis colonial, junto a la nula voluntad negociadora de parte del empecinado monarca Borbón, frustraron el encuentro real ahondando la ruptura iniciada en mayo de 1810. A continuación, el embajador Rivadavia fue conminado a abandonar España de manera perentoria.
Piratas que incomodan
De la política de ocultamiento del tema “piratas argentinos” se genera otra consecuencia más sutil. Este pedazo de nuestra historia, silenciado, soslayado e ignorado, constituye un incómodo testimonio, difícil de asimilar a los cánones habituales del dogma historiográfico vigente. Para éste, en su versión liberal-conservadora, la gesta libertadora estaría impregnada de actos motivados por la más elevada ética, por el accionar de personalidades ejemplares que produjeron acontecimientos inducidos por el más puro patriotismo. Las conductas cuasi-delictivas y mercenarias de los corsarios, por más que hayan servido a la causa nacional, no tienen cabida en el sagrado mausoleo de los hechos admirables dignos de emulación.
Por su parte, para el discurso ideológico que, en apariencia, se ubica en la antípoda, la censura ejercida sobre el accionar filibustero autóctono tiene un propósito igualmente sesgado. Eternos amantes de las interpretaciones conspirativas chovinistas que señalan a lo foráneo como culpable de nuestras tribulaciones, empecinados, además, en demostrar la teoría maniquea del Bien y del Mal, los historiadores revisionistas prefieren desentenderse de la saga de estos patriotas dudosos. Temen que pondrían en evidencia que no todos nuestros próceres fueron caballeros nobles y desinteresados que actuaron con dignidad y, por carácter transitivo, no todos los supuestos enemigos han sido la “mala gente” que el mote “pirata” pretende generalizar. Por cierto, que a esta interpretación amañada le conviene que la gente común siga creyendo que los únicos piratas fueron -y son- los ingleses, aunque hayan sido unos cuantos los anglo-sajones (británicos y “yanquis”) que, con decisión y valor, contribuyeron decididamente al logro de nuestra independencia y libertad.
Para ambas tendencias historiográficas reconocer
que, en el afán de construir la Patria también se
apeló a la realización de “trabajos sucios”, a la
instrumentación de campañas clandestinas de
hostigamiento y saqueo, a la ejecución de misiones
reprobables en tiempos normales y a la contratación
de personas de dudosa catadura, significaría un
descarnado sinceramiento para el cual, según
presumen con objetable paternalismo, la ciudadanía
aún no está madura.
No obstante dichos esfuerzos censores, la verdad, tarde o temprano, emerge y, a veces, se revela del modo más insólito. Por ello, confiando en haber instalado la inquietud de indagar más a fondo este excitante capítulo de la historia argentina, les dejamos algunas estrofas de “La canción del pirata”, poema que, al contrario de lo que podría creerse desde cierta sapiencia discográfica ingenua, no pertenece al conjunto de rock nacional “Los Auténticos Decadentes”, sino que es obra de la pluma de don José de Espronceda (1808-1842) quien, homenajeando a aquellos intrépidos e inescrupulosos marinos, recitaba:
“Con diez cañones por banda, / viento en popa a
toda vela,
no corta el mar sino vuela / un velero
bergantín;
bajel pirata que llaman, / por su bravura, el
temido,
en todo mar conocido / del uno al otro confín.”
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GRAGEAS HISTORIOGRÁFICAS
Hechos Extravagantes y Falacias de la
Historia
Año II – N° 11
Elaboradas por Gustavo Ernesto Demarchi, contando
con el asesoramiento literario de Graciela Ernesta
Krapacher, mientras que la investigación histórica
fue desarrollada en base a la siguiente
bibliografía consultada:
Aguinis, Marcos: “El combate perpetuo”;
Sudamericana, Bs.As., 1995.
Bruschera, Oscar: “Artigas”; Librosur, Montevideo,
1969.
De Marco, Miguel Ángel: “Corsarios argentinos”;
Planeta, Bs.As., 2002.
Floria, C.A. / García Belsunce, C.: “Historia de
los argentinos”; Larousse, Bs.As.,
1992.
García Hamilton, J. I.: “Don José – La vida de San
Martín”; Sudamericana, 2000.
Luna, Félix, Niccolini, Paula y otros: “Guillermo
Brown”; Planeta, Bs.As., 2000.
Mitre, Bartolomé: “Episodios de la Revolución”;
Eudeba, Bs.As., 1960.
Peterson, Harold: “La Argentina y los Estados
Unidos (I) 1810-1914”; Hyspamérica, Bs.As.,
1970
Ragucci, Rodolfo: “Cumbres del idioma”; Don Bosco,
Bs.As., 1963.
Rodríguez, Teresa: “Mariquita Sánchez y Martín
Thompson”; Planeta, Bs.As., 1999.
Segreti, Carlos: “Bernardino Rivadavia – Hombre de
Buenos Aires”; Planeta, Bs.As., 1999
Siri, Eros N.: “Cochrane, el Lord aventurero”;
Distar, Bs.As., 1979.














