La sombra de Caín, novedad editorial de Akrón
Por Francisco de Cadenas
(Noticiascadadía).- La editorial Akrón acaba de publicar La sombra de Caín, una novela de Francisco de Cadenas ambientada en la Guerra Civil. De Cadenas relata aquí la historia de Antonio y Juan, dos jóvenes amigos enfrentados en lo ideológico a los que julio de 1936 convertirá en "simples hojas que arrastrará el viento".
A continuación les ofrecemos un pasaje de esta obra de estructura fragmentaria y dedicada a "los españoles y extranjeros, de uno y otro signo, que, en una y otra zona, trataron de evitar las tropelías que cometieron algunos desalmados". "Y lo lograron a veces", añade De Cadenas. "Dios se lo haya premiado".
Han venido de toda la Costa. Y del interior... ¡A San Marcial!... ¡Como en el Alarde!
Llegan de las poblaciones grandes y de las pequeñas: de Hendaya, de San Juan de Luz, de Biarritz, de Cambó, de Hasparren y hasta de Pau y de Bayona.
Acuden como las moscas a la miel.
Se han acercado a Biriatou en coche, en autocar, en bicicleta y hasta los hay que han venido a pie.
Se presentan vestidos con trajes de alpaca o de hilo –blancos, inmaculados– con chaquetas de punto, azules o verdes, con camisas "Lacoste", con milrayas, con tabardos marinos; cubiertos con monos de mahón. Van tocados de jipis, de "canotiers"; con boinas, con gorras de visera...
Son veraneantes, orondos burgueses de la región, pescadores, obreros de las fábricas y del ferrocarril.
Son los asiduos al "Bar Basque", al "Café de París", a "La Pérgola", a los figones del puerto de Ciboure, a las tascas de las afueras, a los "caseríos" con bodegón y lagar...
Aparecen como quien va de fiesta... De excursión... Al teatro... ¡A los toros, tal vez! Vienen por ver cómo los españoles se escabechan unos a otros y, en la contemplación del espectáculo, deben experimentar un placer inefable...
Se reparten por las camperas, por los cuestos, entre las peñas, tras las paredes de piedra que acotan los minifundios; se protegen, malamente, con los troncos de los plátanos, que orillan carreteras y caminos...
Unos enfocan sus catalejos, otros los prismáticos, algunos se ajustan el monóculo; los hay que se arreglan a simple vista.
En su imprudencia parecen ignorar que las balas no saben de fronteras y que, cualquiera de ellos, podría recibir un "chinarrazo".
Juan los observa con rabia.
Miran hacia San Marcial; aquella ermita donde se remataron las glorias de Bonaparte; el monte en que se libró, cuando la francesada, la última batalla; fue acción en que, por cierto, se distinguió en gran manera un leonés, don Federico de Castañón y Lorenzana, su antepasado; aquella vida bien merece ponerse en letras de molde, pues que resultó pródiga en avatares, desde el dos de mayo, que le cogió Oficial de las Reales Guardias, allá, en Madrid... Él, Juan, ha de relatarla algún día.

















