sábado, 5 de abril de 2008 :: Noticiascadadía > Cultura

Las imágenes de tortura y dolor del ecuatoriano Guayasamín vuelven a EE.UU.

Los rostros agónicos de Oswaldo Guayasamín, el pintor ecuatoriano por antonomasia, volvieron hoy a Washington tras medio siglo de ausencia de EE.UU., en una retrospectiva repleta de denuncias de la tortura y el dolor humano

(Noticiascadadía/Agencias).- Guayasamín, quien murió en 1999, es una suerte de héroe nacional en su país y su pueblo se mira, conoce y entiende en sus cuadros.

Sin embargo, en el exterior la fama no ha bendecido a su obra con su toque a veces caprichoso en la misma medida que a otros de sus contemporáneos, como Frida Kahlo, David Siqueiros y Diego Rivera, quienes influyeron en su obra temprana.

Esta laguna es especialmente palpable en EE.UU., donde aparte de una obra aquí y otra allá exhibida en galerías privadas, el trazo enérgico, simple y a veces abstracto de Guayasamín no ha existido durante medio siglo.

Esa falta se corrige ahora con una muestra que llevará algunos de sus cuadros más poderosos a varios puntos del país hasta mediados de 2009. Hoy se inauguró en el museo de arte de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en Washington, procedente de Tennessee.

Hace 53 años en esas mismas paredes colgaron las obras de un joven mestizo que ya entonces estaba conmovido por la experiencia de opresión de los indígenas.

De esa época data "La madre y el niño", en la que una mujer gris de pechos exhaustos carga a un hijo marcado de costillas.

Otra imagen que horada las pupilas es "Niños muertos número 11", una representación de la guerra civil que engullió a Ecuador durante cuatro días en 1932, en la que un Guayasimín de once años perdió a un amigo.

Esas experiencias probablemente marcaron la preocupación por la justicia social que le acompañaría durante el resto de su vida, según Joseph Mella, el comisario de la muestra.

Guayasamín no fue, sin embargo, un pintor regionalista, sino que su obra trascendió las barreras de lo particular.

"Habla de temas mundiales, habla de la guerra, los efectos de la injusticia política, y esas luchas continúan hoy en día", afirmó Mella.

La denuncia de las atrocidades que unos seres humanos infligen a otros se manifiesta en particular en su segunda época, desde la década de los 60, en la que Guayasamín adoptó un tono más político en los temas y estilísticamente abandonó las ataduras del muralismo mexicano.

Bajo la influencia de Pablo Picasso, el ecuatoriano encogió su paleta a solo un puñado de colores y su pincel a trazos simples para dar fuerza a lo principal.

En "Reunión en el Pentágono III" lo importante son los ojos aviesos y extraños de una figura casi sobrehumana, con sangre en los labios que, junto a otros gerifaltes de la guerra en los otros cuadros de la serie, desatan el dolor en los inocentes.

"Era un período difícil en la historia de América Latina y Guayasimín creía que EE.UU. era cómplice" en los abusos a los derechos humanos, explicó Mella.

Quizá la obra más sobrecogedora de la muestra es un críptico titulado "Los torturados", en cuyo panel central sufre un hombre que recuerda a un Cristo, reducido a huesos.

Ese hombre era, según Mella, el cantante chileno Víctor Jara, torturado en el estadio nacional por las fuerzas del dictador Augusto Pinochet y asesinado como otros tantos miles de inocentes.

Ese tipo de denuncias, junto con sus posiciones políticas de izquierda y su amistad con Fidel Castro, a quien retrató en varias ocasiones, probablemente expliquen que las obras de Guayasamín no hayan viajado a Estados Unidos antes, a juicio de Mella.

Al final de la vida, el artista volvió a los inicios y plasmó en sus lienzos el contacto entre la madre y el hijo, pero no en gris, como en su juventud, sino envueltos en tonos cálidos. Él mismo definió esa etapa de su obra como "La Ternura".

Fue el camino contrario al seguido por el español Goya, que terminó en la oscuridad, o por el colombiano Fernando Botero, a luz de su reciente serie sobre las torturas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib.

Guayasamín acabó sus días lleno de luz, al pintar cuadros que trasmiten un sentimiento de redención, en los que los seres humanos demuestran la capacidad para la compasión y no solo el mal.

El artista murió, por casualidad, en EE.UU., un país que por primera vez ve las obras más importantes de un hombre que fue testigo de un capítulo oscuro de su historia.

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