Llegó a Chile el premiado libro “La ceremonia del porno�?
Bataille, Madonna y webcams desfilan dentro de una industria que en Norteamérica mueve más dólares que el cine tradicional y los deportes
(Noticiascadadía/LND).- Hablar de pornografía sigue siendo difícil. Aunque varias razones de esa dificultad se han evaporado en los últimos veinte años, otras nuevas las van relevando; y algunas viejas conocidas del género parecen dispuestas a seguir acompañando a quien se pone a hacerlo.
Quizás encontrar el tono no sea la menor de todas. Hasta los años ’90, tratar sobre el porno implicaba, sobre todo, una toma de postura a favor o en contra. Y muy a menudo el a favor ha sido, más bien, un no-en-contra mucho más sinuoso. Es fácil detectar en quienes han adoptado esa postura ambigua una cautela lindante con el contorsionismo intelectual y un abuso de la más terrible lacra del género: la jovialidad (que también hace estragos en la propia pornografía, aunque esa sea otra cuestión).
A veces resulta tan irritante que uno prefiere la franqueza de posturas abiertamente hostiles. En ese bando, el rechazo a la pornografía ha unido a extraños compañeros de viaje: políticos conservadores, intelectuales humanistas, fundamentalistas religiosos –del islam al catolicismo– y feministas radicales.
Desde el nacimiento del fenómeno a finales del siglo XVIII, se han embarcado de la mano en amplias campañas antipornografía que siguen organizándose hoy de forma periódica y sistemática -y no es probable, dada la propia naturaleza de lo pornográfico- que dejen de ponerse en pie en el futuro: lo prueban los códigos penales vigentes en muchos países musulmanes o la enésima ofensiva legal contra la producción y difusión de material obsceno llevada a cabo por la administración de Bush en Estados Unidos.
Sin embargo, aunque útil y hasta necesaria para
posibilitar experiencias pornográficas, desde los
años ’80 la censura ha perdido el sentido del que
creen dotarla sus instigadores. La instalación del
porno en nuevos medios, como el video, Internet o
el teléfono móvil, ha cambiado la naturaleza del
fenómeno y ha vuelto irrelevante la cuestión del
grado de censura deseable respecto a lo
pornográfico. La nueva posibilidad de acceso
universal al porno ha resuelto la cuestión por la
vía de los hechos: basta con hacer click.
DATO DURO
En mayo de 2001, Frank Rich publicaba en el “New York Times�? un artículo –“Naked capitalists�?– lleno de datos sobre la implantación comercial del porno: frente a las 400 películas manufacturadas anualmente por los grandes estudios de Hollywood, la industria del cine porno (llamémoslo “cine�? aunque su distribución y su técnica hayan dejado atrás lo tradicionalmente cinematográfico hace mucho) pone en circulación de 10 mil a 11 mil títulos nuevos.
700 millones de videos o devedés porno se alquilan anualmente en Estados Unidos. Los ingresos de la industria en su conjunto –incluyendo revistas, páginas web, canales por cable y películas para circuitos privados, como hoteles y sexshops– ascendían a 14 mil millones de dólares anuales, una cifra que superaba en Estados Unidos, desde luego, los ingresos de la industria cinematográfica tradicional, pero también los del negocio del deporte profesional: béisbol, fútbol americano y baloncesto juntos.
VICIOS PRIVADOS
Es muy probable que ninguna aproximación lúcida, rigurosa e intelectual a lo pornográfico acabe de resultar satisfactoria. Es verdad que las posturas polémicas previas aburren; hace tiempo que son previsibles los argumentos que puedan llegar a esgrimir uno u otro bando, aunque cambien con el paso del tiempo y aunque un mismo argumento –la libertad de expresión o la defensa de minorías oprimidas, por ejemplo– acabe siendo reciclado por el contrario.
Pero, como se irá viendo, las pretensiones de neutralidad de esa tercera vía que proponen los Porn Studies corren el riesgo de situar al que escribe sobre el asunto en una posición falsa. Bataille ya avisaba que el simple investigador nunca está a la altura del erotismo.
El porno –el porno adecuado a cada uno– nunca es aburrido; como mucho, puede admitirse que su grado máximo de interés se atenúa en el momento inmediatamente posterior a la excitación y el orgasmo que por todos los medios intenta provocar. En ese sentido, Susan Sontag veía un producto eminentemente camp –es decir, antipornográfico– en “las películas porno vistas sin lujuria�?.
Quizá tuviese algo de razón: para ser comprendido en toda su intensidad, el porno exige –y, servicial, se encarga de proporcionar– un compromiso (en el que entra la excitación) por parte del espectador. Para todo el mundo existe una pornografía que no puede verse sin lujuria; esto es, sin una profundísima implicación emocional y física, sin la aceptación de un compromiso que permite la experiencia pornográfica y le da su carácter de ceremonia.














